Una reflexión sobre la muerte de María Elena Walsh

Los ciudadanos de la República Argentina Imaginada estamos de duelo. Vivimos fuera de Argentina, por distintos motivos, con sueldos disparejos, diferentes formatos familiares, siguiendo un anhelo, escapando del dolor, pero todos estamos conectados por la misma vocación: la nostalgia por una República Imaginada.

No es un República Perfecta, es una República Argentina Imaginada. Como las ciudades santafesinas de Saer (mezcla de Serodino, Rincón y Santa Fe), como la Santa María de Onetti, habitamos un territorio imaginado, imaginario, que no es del todo irreal pero que reconoce trazos indelebles de lo que fue y de lo que creemos que todavía es.

Esa República Argentina Imaginada se compone de asados con amigos en Salta, cumpleaños en la terraza de una pensión en Córdoba, helados de dulce de leche, mateadas en la Costanera de Corrientes, formas de usar los jeans, guitarreadas en un bar de Neuquén, bromas sin necesidad de explicar, marcas comerciales que significan infancia, partidos de fútbol inolvidables, historias familiares intraducibles al danés, emociones al ver una propaganda de cerveza para el Mundial, paseos por la Recoleta porteña, mordacidades sobre nuestros defectos que ningún psicoanalistas parisino puede curar y un largo etcétera emotivo y vulgar, atropellado y moralmente irreverente, confuso y binario, que supimos construir en el alma, ni bien el parlante del aeropuerto de Ezeiza ordenó que embarcáramos, para seguir siendo de algún lado.

Pero además de buscar la traducción de membrillo al alemán, atravesar el Estado de California para buscar empanadas en un bar latino, tomar mate con una yerba que milagrosamente superó la aduana libanesa y pintarse la cara con celeste y blanco para ver un partido de fútbol en Caracas, los ciudadanos de la República Argentina Imaginada tenemos una tradición indeleble: criamos a nuestros hijos con las canciones de María Elena Walsh.

No había manera de dormir a mi hijo en nuestra casa en el oeste de La Habana sino le leímos Dailan Kifki. Y ayer, cuando mi esposa me buscó en la estación de trenes en un pueblito de las afueras de Nueva York, la única manera de mantener sentada a mi hija en su silla de bebé era que mirara en el celular, una y otra vez, un video del Mono Liso.

Por eso estamos de duelo, hoy. Porque los ciudadanos de la República Argentina Imaginada trasladamos, con ese fondo musical,  como un tesoro secreto, de generación en generación, la tibia sensación de un país con un pasado con sentido y la certeza (cascoteada, pero certeza al fin) de un futuro en el que nos vamos a encontrar, por encima de las arrugas del tiempo, en Pehuajó.

Entonces, volvemos a descubrir a Bergman en Mar del Plata, a Borges lo deja otra mujer y reescribe 1964, el Chango Cárdenas patea desde cada vez más lejos y convierte, los músicos de Les Luthiers no tienen canas, hay más medialunas que baches en las calles, Leloir sigue descubriendo maravillas sin arreglar su silla de mimbre, los dictadores se sientan en el banquillo de los acusados y todo es futuro en las calles tapizadas de flores celestes del Jaracandá.

Cada tanto, cuando van a la Argentina, nuestros hijos ven más baches que medialunas, gente que grita sin necesidad y más cumbia que Spinetta, pero no dicen nada. Saben que lo nuestro no fue –precisamente- una mentira. Porque, de algún modo, valoran esa herencia y, en su momento, ellos también harán quemarse con mate a su amigo centroamericano, temblarán al escuchar el idioma de infancia, pisarán a una alemana fingiendo que saben bailar tango y dormirán a sus hijos, como yo, esta noche, desafinando, de pura tristeza, el vals de la Reina Batata.

Nueva York, enero de 2011

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