Casa del Ché en Tarará: La casa de la calle 14

Por algún infortunio de la naturaleza o del desarrollo, de la interminable variedad de bellas playas que circunvalan la costa cubana, pocas están al alcance de la capital o de las principales ciudades. Quizás una excepción sea la Villa de Tarará, situada a 27 kilómetros al este del centro de La Habana, adonde se llega por una ruta conocida como Vía Blanca, la primera autopista cubana, construida en 1954, que va bordeando la agraciada costa norte de la Isla, conectando La Habana y Varadero, con su punto culmine en el Puente de Bacunayagua.

Tarará es un complejo turístico construido en la década de 1940 en estilo Art Decó, desarrollado a partir de una inversión inmobiliaria de capitales americanos, la American Royal Sylvester Webster. Tres estadounidenses residentes en La Habana – Frederick MattoxRoyal Webster Astheres Lerdic– crearon una sociedad anónima en 1912 –The Tarará Land Company– planeando explotar esa región, estratégicamente ubicada en el litoral norte y cerca de la capital.  En 1927 erigieron el Yacht Club e instalaron la vivienda de Webster. En 1943 construyeron 525 casas, junto a polideportivos, restoranes, un muelle para aprovechar la desembocadura el río Tarará en el Océano Atlántico y hasta una pequeña iglesia, desde donde se organizaba cada 15 de agosto la veneración de Sana Elena, la patrona de la Villa.

La Villa de Tarará se posa sobre una encantadora colina que mira al Océano Atlántico. El tamaño del pueblo permite llegar caminando a todos lados y no dejar nunca de ver los 850 metros de playa que marca su límite norte. Las calles están trazadas bajo una lógica impecable y cartesiana. Apuntan hacia el margen este del Río Tarará y tienen nombres bellos: Calle Mariposa, Avenida de los Delfines, Calle de las Palmas.

El puerto deportivo es pequeño, pero activo. Ernest Hemingway, que de eso sabía casi tanto como de actrices americanas y de literatura sin maquillaje, aseguraba que ese puerto era el más seguro del litoral norte cubano. Está protegido de inclemencias por su profundidad territorial, ve entrar y salir embarcaciones con pescadores que salen temprano con una tenue luz y vuelven con el anochecer, cansados y con las caras llenas de sal. Sentado en el bar del puerto y trago en mano, uno puede distinguir el glorioso y cotidiano espectáculo del sol cayendo sobre un horizonte de rojo subido hacia el final del río y el principio del océano.

El pueblo -que era un reducto de la pequeño burguesía cuando triunfó la Revolución- ingresó luego en un largo sopor urbanístico, producto del abandono y del cambio en las prioridades económicas. Congelado ediliciamente en los cincuenta, hospedó a campesinas cubanas que tomaron clases de corte y confección. La escuela que las nucleaba se llamó Antón Makarenco, por el educador soviético, nacido en Ucrania, que organizara hospedajes cooperativos para niños huérfanos, como la célebre Colonia Gorky, basadas en la auto gestión y un proceso colectivo de socialización.

Esos y otros esfuerzos le dieron a la Villa de Tarará el nombre de la Ciudad de los Estudiantes, consagrada en 1975 como campamento para pioneros cubanos, una organización juvenil con semblanza en el movimiento scout por su entusiasmo por el deporte y la vida al aire libre, pero que también incluye una dimensión política en su formación.

Años después los pioneros abandonaron su lugar predilecto de campamentos para poder hospedar a cientos de afectados por una catástrofe que golpeó en el territorio de la antigua Unión Soviética. Así, la Villa de Tarará hospedó desde marzo de 1990 a niños provenientes de Ucrania, luego del desastre de la planta de energía nuclear de Chernóbil, para intentar curarse de cáncer, psoriasis y otras enfermedades causadas por la radiación.

Miles de niños y adultos han venido recibiendo atención médica gratuita. Desde 2005, el programa humanitario cubano se amplió para pacientes latinoamericanos de bajos recursos con problemas oftalmológicos, en un mecanismo de atención hospitalaria solidaria que curó miles de casos de retinosis pigmentaria y catarata, conocido como Operación Milagro.

En la calle 14 -frente al mar y sobre una breve colina- hay una casa de estilo moderno, pintada de blanco y con elegantes molduras de yeso, mejor mantenida y algo más grande que otras de la cuadra.  Es una suerte de chalet californiano de dos pisos, con un techo a dos aguas que divide proporcionalmente tres secciones de cada lado, rodeada por un breve balcón.

Un añoso árbol protege la entrada para autos, con una fachada principal con pequeñas piedras rectangulares de color beige. Detrás, tiene un garaje doble que define un techo de tejas rojas dividido en cuatro.  No es particularmente llamativa ni merecería más atención que otras, sino fuera porque allí vivió el guerrillero argentino-cubano Ernesto “Ché” Guevara durante tres meses, inmediatamente luego del triunfo de la Revolución.

Los primeros días de enero del 59 fueron febriles. El Segundo Frente Nacional del Escambray del Ejército Rebelde entró victorioso a La Habana, bajo el mando de Eloy Gutiérrez Menoyo el primer día de enero de 1959, en el mismo momento que Fidel Castro ingresaba triunfante a Santiago de Cuba. Al día siguiente, Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara –a cargo de las tropas del Movimiento 26 de Julio- tomaron los regimientos de Columbia y la Fortaleza de San Carlos, mientras Faure Chomón –Comandante del Directorio Revolucionario- ocupaba el Palacio Presidencial. Fidel Castro entró a La Habana días después de un recorrido triunfal por toda la isla, conocida como Caravana de la Libertad.

Las acciones se precipitaban: el Presidente Provisional Manuel Urrutia Lleo fue investido para dirigir un gobierno cuyas reuniones de Gabinete se llevaban a cabo en la  Biblioteca de la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, hasta que fue posible trasladar el gobierno formalmente a la capital. Las tensiones asoman en las primeras acciones de gobierno y el Primer Ministro José Miró Cardona renuncia, asumiendo Fidel Castro ese cargo. Una difícil tarea de fusión entre las fuerzas revolucionarias e incluso entre las culturas políticas del llano y la sierra había comenzado.

Entonces, en medio de esa febril hiperactividad, con la situación política cubana cambiante día a día y seguida en las primeras planas de todo el mundo, Ernesto Guevara cae enfermo. El 17 de enero de 1959 un ataque de asma que deviene en enfisema pulmonar (doble y difuso, reza el parte médico) lo deja abatido y lo obliga a abandonar la Cabaña y el estrés del despacho público.

Es entonces cuando se recluye en Tarará, en la casa de la esquina de la calle 14 y la 17. Los tres meses que Guevara vive allí son fundamentales para su vida y para la historia cubana. Las decisiones adoptadas en esa casa por un grupo reducido de militantes de máxima confianza podría dar luz a una pregunta que sigue persiguiendo a los historiadores de la Revolución Cubana: el verdadero alcance original del proyecto revolucionario.

Guevara descansa. Su vida familiar se normaliza, aunque resulta opacada por la pérdida del embarazo de su esposa Aleida March. Cuando su salud lo permite, Guevara acomete múltiples tareas políticas: es allí también donde le dicta a Juan José Manresa (un sargento heredado del Batistato, pero de su íntima confianza) el manuscrito de Guerra de Guerrillas, funda la revista Verde Olivo y  planea la fundación de la agenda Prensa Latina con Jorge Massetti.

En medio de tantas emociones, la Revista Carteles publica un artículo del periodista Antonio Llano Montes, criticando la vida burguesa del Comandante Guevara en una villa turística. La respuesta, aun en medio de su estado de salud y en su febril actividad política, no se hace esperar: Guevara envía una carta flamígera a Carlos Franqui, Director del periódico Revolución en la que se defiende y explica que se está recuperando de su enfermedad y que habita esa casa de prestado, pues su sueldo de Oficial del Ejército Rebelde (125 pesos cubanos) le impide alquilar una vivienda costosa.

Guevara tendrá allí tendrá descanso y medicinas, pero también será el núcleo de un trabajo hercúleo y definitivo: el Grupo de Tarará, suerte de gobierno paralelo al de Urrutia y Miró Cardona, se enfrasca en redactar leyes fundamentales para un proyecto político revolucionario. El aparato de seguridad del naciente Estado, la proyección revolucionaria fuera de la Isla,  la relación del M 26 con otras fuerzas revolucionarias, la conformación del ejército y una interminable lista de decisiones fundamentales tienen lugar en ese marco de suma discreción –fuera del alcance, incluso, del propio gobierno formal- bajo el anodino nombre de Oficina de Planes y Coordinación Revolucionaria.

Obviamente, en esos días febriles de 1959, el Grupo aborda la agenda económica de la Isla. El programa económico inicial de la Revolución no era radical y buscaba un equilibrio entre hacendados, pequeños comerciantes, obreros y campesinos, basado en una estrategia de industrialización, fortalecimiento del mercado interno y equilibrio de la balanza de pagos al mejor estilo de la naciente Cepal de Raúl Prebisch.

La estrategia original, basada en un trabajo de los economistas Regino Boti y Felipe Pazos (quienes luego fueron, respectivamente, el primer Ministro de Economía y el primer Presidente del Banco Nacional de Cuba en la Revolución), buscaba diversificar la economía e industrializar la producción mediante un mecanismo convencional de sustitución de importaciones -modelo típico en la economía latinoamericana de posguerra- a partir de un programa de reformas de tono indiscutiblemente capitalista.

Pero la economía –y, consecuentemente, la política- cubanas mostraban una enorme presencia del capital americano, vinculado estructuralmente con lo que se conocía como clases económicas, suerte de burguesía trasnacional que generaba un fuerte condicionamiento a cualquier intento de desarrollo autónomo.

Por otra parte, el fantasma ominoso del fracasado intento de 1933 -cuando Ramón Grau San Martín y Antonio Guiteras intentaron un programa nacionalista y revolucionario, luego del colapso de la dictadura de Gerardo Machado- funcionaba como ejemplo de los límites del juego político convencional (la politiquería es tan odiosa como la tiranía, decía Castro en mayo de 1959) y fortalecía la alternativa de una radicalización en base a la conciencia revolucionaria.

Así, el Grupo de Tarará –conformado, entre otros por Antonio Núñez Jiménez, Pedro Miret, Alfredo Guevara, Vilma Espin, Oscar Pino Santos y Segundo Ceballos, con la edición final de los textos por parte de Fidel Castro- trabajaba en las noches bosquejando leyes claves, con propósitos más radicales, bajo la bandera de Cuba para los cubanos.

El proyecto más simbólico y que marcará el inicio de la radicalización del proceso revolucionario será el texto de la Reforma Agraria. Guevara se asesoraba sobre la situación de la industria azucarera con reuniones mantenidas con un grupo de economistas del Partido Socialista Popular en una casa de Cojímar –conocido como Grupo de Cojímar– y no con el entonces Ministro de Economía Humberto Sorí-Marin, quien había sido autor de una primera versión de la reforma agraria durante los combates de la Sierra Maestra.

La eventual presencia de un mecanismo de toma de decisión paralelo al gobierno formal permite imaginar la existencia de un plan más radical del plan visible a cargo del gobierno institucional. Eso no está totalmente claro en la historiografía sobre la Revolución. Pero si eso fuera cierto y el gobierno de Urrutia y Miró Cardona fue un mero dispositivo temporal, tampoco está claro por qué sucedió de ese modo.

Hay, básicamente, dos lecturas difundidas sobre ese acertijo: una mirada crítica sostiene que sólo constituyó una fachada al verdadero proyecto político. Una lectura más comprensiva afirma que fue un mecanismo de ejercicio del poder que devino luego insuficiente cuando la correlación de fuerzas políticas internas, el apoyo clasista y presión externa generaron un nuevo escenario.

En cualquiera de los casos, las preguntas se suceden. ¿La idea de radicalizar la Revolución formó parte del plan original? ¿La declaración de su carácter socialista se debió exclusivamente a la escalada comercial, política y militar americana? ¿El radicalismo político tuvo una base ideológica marxista?

Sobre este último punto, sabemos que la formación ideológica de la llamada Generación del Centenario (por 1953, centenario del natalicio de José Martí) no parecía muy influida por el marxismo, sino convocada alrededor de una fuerte oposición a la injerencia americana en Cuba y el Caribe, enmarcado en un discurso de tono marcadamente nacionalista pero liberal/republicano.

La fe inicial en la recuperación de un proceso constitucional era significativa: uno de los objetivos principales era la puesta en vigencia de la Constitución liberal de 1940, adoptada por Fulgencio Batista (quien sí contaba en su gabinete con dos miembros ilustres del Partido Socialista Popular) en el marco de la distensión ideológica generada por la política del Buen Vecino de FD Roosevelt.

Más que en forjar una insurrección socialista, el discurso revolucionario parecía inicialmente más interesado en la formación de un Estado moderno bajo un ideario martiano, democrático y popular (fraguado a lo largo de las guerras de liberación del siglo XIX), en las que el componente marxista era optativo pero nunca obligatorio ni excluyente, tanto en el ideario del Movimiento 26 de Julio que actuaba en la Sierra Maestra como en otros grupos rebeldes, como el Directorio Revolucionario, proclive a acciones urbanas.

Por su parte, el Partido Socialista Popular bajo el mando de Blas Roca Calderío y en línea con las directrices moscovitas, había rechazado inicialmente la lucha armada hasta 1958, cuando su participación fue casi testimonial. El PSP se incorporó luego a las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), período en el que se produce un cisma conocido como “micro fracción” por el que se aborta el intento de control pro soviético del proceso de consolidación revolucionaria, que adoptará otra estructura provisoria –Partido Único de la Revolución Cubana- hasta el definitivo Partido Comunista de Cuba en 1965.

Así, aunque claramente martiano, el ideario revolucionario no era necesariamente socialista. José Martí tampoco abrevó en la filosofía marxista, aunque dejó testimonio de su admiración en un notable obituario publicado en el diario La Nación en 1833 ante la muerte del filósofo alemán, en el que a pesar de admirarlo -Karl Marx ha muerto, como se puso del lado de los débiles, merece honor, dice- rechaza la violencia en la lucha de clases. Sin embargo, aunque no marxista, la tesis martiana era también profundamente humanista, revolucionaria y antiimperialista, en línea con el discurso latinoamericanista de Simón Bolívar.

La generación que gesta la Revolución tuvo una formación ideológica que había abrevado en distintas experiencias políticas nacional-populares latinoamericanas que incluyeron, entre otras, al peronismo, así como a desafíos iconoclastas tales como la Reforma Universitaria de 1918, junto a un marco general de laicismo modernista frente al pasado colonial hispánico, en base al impacto de las obras de autores como José Ingenieros y José Enrique Rodó.

El fatal desenlace del intento de Jacobo Arbenz en Guatemala de alcanzar el desarrollo autonómico y la soberanía económica, sirvió de ejemplo para los revolucionarios cubanos sobre los límites de ciertos desafíos  políticos sin verdadero poder militar.

Asimismo, la formación intelectual de esa generación recibió el impacto de las obras y el modelo político simbolizado por una serie de figuras patrióticas y antimperialistas tales como Carlos Manuel de Céspedes, José Carlos Mariátegui, Benito Juárez, Eloy Alfaro, Simón Rodríguez, Francisco de Miranda, Augusto César Sandino, incluyendo a los contemporáneos Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras, Rubén Martínez Villena y Juan Marinello, entre otros.

Alcanzado el poder, la inercia revolucionaria sería acompañada de un uso creciente y heterodoxo de herramientas marxistas para diagnosticar los males de la Isla. Ernesto Guevara valorará el uso del marxismo práctico como instrumento realista frente al diagnóstico marxista ortodoxo.

Ese marxismo cismático hará que se vea envuelto en una polémica con el economista francés Charles Bettelheim, cuando éste criticara la estrategia revolucionaria por voluntarista e irrespetuosa de las condiciones objetivas de la economía, tales como la ley del valor y el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y se opusiera al industrialismo forzado y la estatización de unidas productivas en esa fase de desarrollo. Guevara responderá criticando el economicismo y la ortodoxia que ve en Bettelheim, amparado en sus lecturas de ciertos textos marxianos como los Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844.

Lejos de la vulgata historiográfica que lo acusa de idealista y romántico, Guevara participará como Ministro de Industria y Presidente del Banco Central en el debate por la definición de la escala salarial en 1964, con el mismo pragmatismo y vocación heterodoxa, promoviendo un complejo mecanismo de incentivos materiales (24 categorías salariales con un 15 % de bono extra por productividad) e inmateriales, que muestran un profundo conocimiento de la economía cubana, azotada por el éxodo de profesionales.

La heterodoxia no cesará: cuando el proceso político se vuelve irreversible y está inmerso en la transición del capitalismo al socialismo, Guevara busca una alternativa a los incentivos soviéticos a la producción, promueve un socialismo con rasgos locales e incluso instiga en 1963 un debate sobre la eficiencia en la gerencia económica, rechazando lo que denomina socialismo de mercado.

De esa manera, entre 1959 y 1964 todo tiene lugar simultáneamente: un plan económico convencional de substitución de importaciones e industrialización de la economía, junto con la escalada americana, en paralelo con la exploración de un marxismo heterodoxo.

Pero en esa simultaneidad, los acontecimientos parecen remitir, una y otra vez, a un evento decisivo: la reforma agraria. La lectura de los cables cifrados de la Embajada americana en La Habana de enero a abril de 1959 ratifica la centralidad de ese asunto,  al indicar una percepción  de creciente preocupación, especialmente en torno a los alcances de la reforma.

Para los revolucionarios, la reforma agraria se había convertido en un talismán: era poseedora en sí misma de un simbolismo mayúsculo. Medida reclamada en toda revolución latinoamericana, mostraba también el costado más emocional de los revolucionarios, quienes se terminaron de definir como tales en su período en la Sierra Maestra, en una experiencia tan comunitaria como radical, que los haría convivir con campesinos sumidos en la miseria.

Así, la adopción de la reforma agraria, además de golpear el plexo solar de un modelo de capitalismo periférico basado en el latifundio y en la asimetría campo-ciudad, mostraba lealtad al espíritu de la Sierra Maestra, al radicalismo político, a la convicción en las condiciones subjetivas y a la mística de esa experiencia formativa.

La atención puesta en la vida agraria buscaría luego ser replicada luego en la formación de brigadistas, los campamentos de jóvenes rebeldes y la conformación de escuelas al campo, cuando los estudiantes eran enviados cordón verde de la ciudad, no tanto para apoyar la producción agrícola sino para incorporarse a una experiencia formativa basada en la toma de conciencia de la situación de explotación del campesinado, en medio de una dura disciplina.

Había, sobre todo, un menoscabo por la cultura urbana, acusada de decadente y pro capitalista, junto a una fe en la vida rural como fuente de cubanidad genuina y no contaminada por la mentalidad banal y extranjerizante de la vida habanera. Si el revolucionario debía estar atento al contexto local y respetar al cubano de a pie, nada mejor que vivir acorde a los valores culturales del campo.

En palabras de Guevara: el guerrillero es, fundamentalmente, y antes que nada, un revolucionario agrario. Interpreta los deseos de la gran masa campesina de ser dueña de la tierra, dueña de los medios de producción, de sus animales, de todo aquello por lo que ha luchado durante años.

La reforma  fue finalmente aprobada en mayo de 1959 e incluyó algunas medidas moderadas en base a un esquema razonable de indemnizaciones. Sin embargo, fue lapidaria para las aspiraciones americanas  y para las expectativas de la gran burguesía local, expropiando latifundios, colectivizando la propiedad de la tierra y creando el poderoso Instituto Nacional de Reforma Agraria.

El resultado inmediato fue una radicalización inevitable del programa económico del flamante gobierno revolucionario, con la renuncia del Presidente Urrutia y de los miembros moderados del Gabinete. El impacto a largo plazo fue el deterioro definitivo de la relación bilateral cubano-americana.

Así, las consecuencias de las febriles reuniones de Tarará dominarían buena parte del proyecto revolucionario, agitarían escaramuzas en un planeta signado por la Guerra Fría y marcarían la agenda internacional de los años sesenta. La casa de la calle 14 sigue imperturbable en Tarará. Bella, simple, confortable. Desde allí puede verse, por las mañanas, un mar de un azul imposible. Esa casa hospedó durante casi tres meses a un ser extraordinario e inclasificable, que mientras curaba su enfisema formaba parte de un grupo de jóvenes decididos a cambiar el mundo. Nada mal, para una casa de verano.


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Buenos Aires, enero de 2015

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