Lo moderno y lo masculino

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Hay muchas maneras de deslumbrarse con una imagen. La mejor, claro, es no esperarla.  Hay una palabra en inglés –serendipity– difícil de traducir que refiere a esa sorpresa. Como saudades en portugués –mucho más que nostalgia- tiene connotaciones culturales por fuera de lo literal.  Lejos de la polémica entre sustancialistas y consensualistas que debaten si los objetos reciben un nombre porque describen el concepto que emanan o si el nombre fue fruto del consenso histórico, serendipity proviene de la imaginación del historiador y político inglés Horace Walpole.

Walpole le escribió  –el 28 de enero de 1754- una carta a  su amigo Horace Mann, para describirle una situación de felicidad inesperada, producto de la sorpresa de encontrar algo agradable sin estar buscándolo.  Toma la expresión de una vieja historia persa –Serendip es la versión urdu y persa del sánscrito Suvarnadweep, antiguo nombre de Ceylán y Sri Lanka-  historia en la que tres príncipes encuentran un camello perdido por azar, pero también por actitud positiva.

Si uno visita la ciudad de Santa Fe, deja caminando la peatonal San Martín -atiborrada de cafés, vendedores callejeros, música de calidad irregular y nada de sombra- sigue por la calle Salta hacia el oeste, se encontrará en un barrio de casas bajas y sin ninguna gracia. Sin embargo, al llegar a la esquina de calle 1ro de Mayo, tapado por los árboles, descubrirá una agradable sorpresa: el Palacio Municipal.

Es una mole compacta de 14 pisos de altura, tiene un imponente ingreso de color beige que remata en una torre de varios niveles, con molduras y pintada de blanco, incorporada a la arquitectura generada por el movimiento racionalista argentino, propia de la mayoría de los edificios públicos –y de no pocos privados- de mediados de siglo XX.

La ciudad de Santa Fe siempre fue una comunidad conservadora. Su mismo nombre completo –Santa Fe de la Veracruz- ha reforzado desde su fundación la intangibilidad del proyecto político-religioso de la Colonia española, delimitando simbólicamente la relación de la ciudad con la modernidad y prefigurando el lado que la sociedad adoptaría en la tensión entre tradición y progreso.

Un núcleo cerrado de familias católicas, improductivas y con forzado abolengo, persistirían en el Barrio Sur de la ciudad durante buena parte del siglo XX, reaccionando defensivamente ante los embates de la modernidad, contribuyendo significativamente a la irrelevancia de la ciudad frente al progreso alcanzado por otras ciudades de la provincia o del interior, logrando retener, sin embargo, el monopolio de la política provincial.

Adriana Collado sostiene que los intentos por buscar una imagen de modernidad en Santa Fe siempre tuvieron muchos frenos y limitaciones, dada la mentalidad santafesina, pero precisamente en el período 1935-45 fue cuando mejor se logran adecuar los objetivos con los resultados.

30 años antes, afirma Collado, el proyecto para el Palacio Municipal se había pensado como una réplica de un palacio renacentista italiano y se iba a ubicar en la zona del nuevo puerto de ultramar, que estaba a punto de ser inaugurado. Luego, en ese mismo sitio, se pensó un edificio pintoresquista para la municipalidad.

Pero el empuje de la modernidad arquitectónica se impuso, en un edificio que combinó espacios tanto para el poder ejecutivo así como para el Concejo Deliberante. Es decir, los dos poderes de la estructura municipal aparecen representados con sus espacios específicos.

La construcción del Palacio Municipal demandó 4 años, los primeros trabajos comenzaron en 1941, cuando el intendente Hugo Freyre inició el proyecto que fue desarrollado en las oficinas de la Dirección Municipal de Obras Públicas por los arquitectos Leopoldo Van Lacke y Carlos Galli. La obra, desarrollada por constructoras de Rosario y de Santa Fe quedó habilitada en junio de 1945.

La arquitectura moderna fue sinónimo de arquitectura pública durante dos largas décadas (1935-55) en que se forjaron avances notables. Conjuntos habitacionales, hospitales, escuelas, hotelería para turismo popular, así como edificios emblemáticos de empresas públicas (Yacimientos Petrolíferos Fiscales, Junta Nacional de Granos, Correos y Telecomunicaciones),  generando un doble impacto: simbolizaron el impulso modernizador de la Argentina y forjaron progresos concretos en materia de infraestructura.

Pedro Sonderéguer explica que, a partir de 1935, hubo una generación dispuesta a practicar la arquitectura moderna enfrentándola al racionalismo de la década anterior, en combinación con un proceso de búsqueda –política, cultural- que trascendía el estricto campo de la arquitectura.

Los arquitectos modernos de los años 30 y 40 se sumaron de manera conflictiva a las disputas estéticas y políticas, en un escenario convulsionado por la crisis del capitalismo periférico, el fin del modelo agro-portuario, la migración rural/urbana y el fenómeno peronista.

Nombres de la talla de Amancio Williams, Mario Roberto Álvarez, el Grupo Austral y los colaboradores de la efímera pero significativa revista Tecné así como de Nuestra Arquitectura conformaron una fórmula alternativa a la academia arquitectónica vigente.

Nunca como en la década de 1945-55 el Estado asumió, para algunas de sus obras más representativas, los postulados y propuestas del Movimiento Moderno, apostando a ese estilo en la arquitectura oficial y en obras centrales en la vida de los argentinos. Al igual que en otras épocas, cuando el academicismo francés reemplazó la herencia colonial arquitectónica española, la arquitectura cumplió con un nítida función de renovación político-estatal.

Fabio Grementieri sostiene que Buenos Aires venía bailando un desaforado eclecticismo hecho de innumerables ritmos europeos cuando se encontró con un estilo que le permitió depurar algunos excesos, proponiendo una nueva modernidad funcional y minimalista, pero también evocadora de las tradiciones de la identidad rioplatense.

Más allá de líneas puristas, de ventanas horizontales y de techos planos, los edificios de departamentos racionalistas se basan en geometrías, ejes y proporciones propias de una verdadera arquitectura del iluminismo. Edificios vestidos ahora con un impecable blanco, logrado en revoque símil piedra, se integraron perfectamente al paisaje urbano.

En esa tradición de belleza y armonía se inscribe el Palacio Municipal de Santa Fe. Ese sitio fue el centro de la política municipal durante todo el siglo XX y el escenario de un evento catalizador de emociones, una ceremonia de notable significación, que tuvo lugar el 9 de enero de 1995: el velatorio de Carlos Monzón.

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Monzón fue un deportista extraordinario, pero también un hombre público y un símbolo de la ciudad ante sí misma y ante el mundo. Verdadero fetiche del deporte y la cultura popular, había iniciado una inestable carrera deportiva hasta que se encontró en 1960 con su mentor: Amílcar Brusa.  Brusa trabajó ese diamante en bruto y –a fuerza de sabiduría y control- lo convirtió en el más grande boxeador argentino de todos los tiempos.

El estilo de Monzón era frío, calculador, pero también obstinado. Su físico era especialmente dotado para el boxeo, por altura y el largo de sus brazos. Su estrategia se basaba en un menú de golpes tributarios de una estrategia inteligente y serena: armado con un recto largo de derecha potentísimo, usaba muy bien su gancho derecho y su jab, sabía sacar provecho su buen alcance y un notable trabajo de piernas que lo dejaba lejos del alcance de los golpes de sus contrincantes.

No era un boxeador que se arriesgaba en vano; muchas de sus peleas las daba por terminada cuando estaba seguro que sus oponentes estaban ya lastimados y por eso prolongaba sus KOs en vez de lanzarse locamente a noquear. Era un boxeador de una notable velocidad mental y de un poder de concentración privilegiado.

¿Pero por qué fue tan importante Monzón para Argentina en general y para Santa Fe en particular? Hubo otros deportistas notables (Pedro Candioti, Carlos Reutemann), pero ninguno llegó a la categoría de mito y de ídolo popular.  ¿Fue porque era oriundo de la ciudad? ¿Fue por su fama y el éxito con las más bellas mujeres de Argentina y el mundo? ¿Fue porque se codeaba con el jet set internacional y así proyectaba los deseos de muchos de sus seguidores?

Unos de los más originales cientistas sociales latinoamericanos, Eduardo Archetti, estudió el rol del deporte en la definición de la masculinidad en la Argentina. Archetti analiza el rol del boxeo, del polo y del fútbol para entender de qué modo, dimensiones tales como la virilidad y la modernidad se imbrican para hibridar al hombre moderno del siglo XX. Archetti se apoya en las investigaciones del historiador alemán George Lachmann Mosse, quien exploró la importancia de los deportes en la construcción de las identidades nacionales y la masculinidad moderna. Los deportes de origen británico-dice Mosse- son concomitantes con fenómenos propios de los siglos XIX y XX, como  la modernización, la construcción de estados nacionales y la internacionalización creciente.

A Archetti le interesan todas las expresiones deportivas populares (fuera de deportes ecuestres que son aristocráticos y rurales por definición), pero con foco en el fútbol y en el boxeo, como punto de encuentro entre la celebración tradicional de la virilidad y el coraje con los nuevos ideales corporales (belleza y condición física) y sociales (competitividad, popularidad) del mundo moderno.

La idea principal de estos enfoques es que la construcción de la masculinidad moderna depende, por lo tanto, de la relación entre “cuerpo y alma, de la moralidad y la estructura corporal”, no siendo el esfuerzo físico sólo producto de la disciplina personal, sino que al devenir un símbolo de la modernidad, es una práctica social que hay que cultivar al amparo de la sociedad civil y, por cierto, el Estado.

Los solitarios boxeadores se transformaban, así, en “los puños de la Nación”, metáfora que celebraba el coraje y la guapeza, pero también la habilidad de no ser golpeado (Nicolino Locche, Carlos Monzón), una verdadera marca en los pugilistas  argentinos, fundando un estilo nacional de boxeo, en base a una técnica depurada.

¿Estamos hablando de celebrar a Monzón sólo por su virilidad, por su éxito, por fama? ¿O la fascinación santafesina por Monzón podría explicarse por esa cara inmaculada? ¿Por ese gesto que no sólo es viril sino que simboliza una Patria íntegra, una ciudad intachable, una masculinidad fuera de toda duda, una argentinidad sin mácula?

Uno de los fenómenos más singulares de esta historia es que la adoración a Monzón sorteó con éxito el desgraciado episodio del asesinato de su mujer, Alicia Muñiz. En efecto, ese evento todavía polémico tuvo lugar en un contexto social y político que identificó al hecho como particularmente simbólico de la violencia de género. Una mirada automática diría que eso expresa el machismo o el desinterés de la sociedad argentino sobre estos casos.

Sin embargo, creo conveniente bucear en profundidad este aspecto. Más allá de las marcadas irregularidades del proceso judicial (que incluyeron el testimonio de un personaje indescifrable, el “cartonero” Báez- con antedecentes previos de falso testimonio, probablemente amenazado por la policía-, como principal testigo), el evento funcionó como debacle perfecta del ídolo caído en desgracia.

Resulta significativo que el caso no opacara el juicio positivo sobre la carrera deportiva y el fenómeno del ascenso social de Monzón, cuya figura, al parecer, inmune a los vericuetos judiciales y preso de una dinámica incontrolada para alguien con su formación y origen social, supo experimentar un reconocimiento público y una lealtad incombustible a esa desgracia. ¿Fue por las particulares circunstancias que rodearon el suceso? ¿Fue por el clamor popular de que el ídolo fue engañado?

¿Si la muerte de Alicia Muñiz fue sólo un caso de violencia de género, cómo se explica la lealtad que miles de mujeres manifestaron con Monzón en los años siguientes? ¿Es un simple caso de falsa conciencia? ¿De mujeres que celebran a sus propios verdugos?

Es probable que el imaginario popular  -pendiente de un juicio que tuvo en vilo a la sociedad argentina durante meses- haya interpretado que Monzón era un violento, pero que hubo otros elementos (drogas, gente de la farándula) en esa noche fatal que lo habrían inducido en su conducta.  Probablemente Monzón, quien había expresado como nadie antes las virtudes de la masculinidad, la importancia de la disciplina (su conducta antes y durante las peleas estaba bajo la estricta mirada de su mentor, Amilcar Brusa), también fuera el chivo expiatorio para mostrar los peligros de la modernidad.

¿No fue Monzón la expresión más clara que con talento y esfuerzo se puede salir de la pobreza? ¿No fue Monzón quien mejor simbolizó los anhelos populares de ascenso social, interpretando a un personaje mítico, famoso en Europa, quien siempre volvía a su terruño, a comer el mejor pescado del mundo con su amigo Agustín “Chiquito” Uleriche?  ¿No fue la caída de Monzón la perfecta expresión de los peligros de la vida moderna, los riesgos de las tentaciones, el ejemplo perfecto de la vulnerabilidad de los hombres simples ante los desafíos de lo sofisticado?

¿Fue por eso que los santafesinos lo velaron en la Municipalidad? ¿Velaron un héroe que había caído preso de la noche porteña, del glamour europeo? ¿Fue por el simbolismo político del Palacio Municipal? ¿Llegaba Monzón así, aunque muerto, a entrar al Teatro Colón –al Olimpo- de la política local? ¿Fue por eso que el velatorio fue aluvional? ¿Fue esa fiesta del muerto -masiva y de protagonismo popular- el gesto elegido por los santafesinos para entrar en la política local? ¿Por eso tomaron el ataúd en sus manos y lo llevaron hasta el Cementerio Municipal? ¿Para entrar en la historia?

Es probable. Pero lo que también estaba en juego en ese ring, en esa lona desnuda, en esos televisores con pantalla en blanco y negro era el emblema de una argentinidad pugilística. O de una Nación, entera, sobrecogida, que se encontraba en esas ceremonias, unida, paralizada, expectante. Porque, también, hay que decirlo: los que vimos esas peleas, sentíamos, cuando él ganaba, guapeaba, gustaba, que todos estábamos juntos, que no había más pena ni olvido.

Es probable que la adoración santafesina (¿argentina?) a Monzón se vincule con esas expectativas y con esos miedos. Para los que, como Teseo, tienen el impulso y la obediencia de viajar, pero también el mandato de volver. La modernidad está allí afuera, llena de oportunidades y riesgos, para los valerosos, para los que cayeron en el pecado, para los leales a sus amigos, para los depurados de todo mal, para los que vuelven a su ciudad, para los obstinados: para los modernos.

monzoncarlos0474

Fuentes:

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