Múltiples formas de celebrar a la belleza

Texto de presentación de la nueva obra de Eduardo Porretti.

En Geografía anímica hay una línea de juego clara a lo largo de todos los textos. Una línea en donde se despliega un homenaje permanente a la belleza como estética y como ética. A veces, pareciera que los temas que se desarrollan en el libro son, más que un ánimo nostálgico en buenos o malos términos (el pasado como recuerdo, pero también como vivencia terrible), o una música de tango o Mendelssonn o Tchaickovsky resonando como fondo, hay un planteamiento casi metafísico, una postura ante el mundo. A pesar del gran recorrido musical que nos brindan estos relatos, no puedo dejar de pensar en el autor escuchando Fly me to the moon, de Frank Sinatra (cualquier versión en vivo, con Sinatra ya siendo el gran Sinatra). Hay una conciencia de que ya se está de regreso, y que se ve plasmado en cada texto.

Muchos piensan que la verdadera patria de Kierkegaard es Argentina. La idea de lo trágico está presente. En nuestro país, lo trágico se baila y se diluye, nos hacemos los locos con ello y preferimos lo dramático. Pienso que en Geografía anímica hay una conciencia trágica escrita con mucho cuidado pero también con consideración. Son textos llenos de piedad. Me atreveré a decir algo osado, quizás: pareciera que el tema central, más que los clásicos de la muerte y el amor, es la felicidad o infelicidad de los hombres en este mundo. Un tema desechado y despreciado por la literatura del siglo XX, pero que Porretti logra abordar sin cicatrices ni lamentos.

En Geografía anímica encontramos una apuesta por historias mínimas, encuadradas dentro de las llamadas grandes historias. Digamos que estas grandes historias y sus resonancias (fechas centrales del siglo XX, como en Fechas, o los años de la dictadura militar argentina) hacen el piso, la gran entrada a historias de individuos de carne y hueso, con sus derrotas y logros universales. Gente de a pie, diríamos acá, y sus particularidades en el día a día de sus vidas. Estas vidas se recorren desde la memoria, se evalúan desde lo que acontece, desde incluso el misterio de lo que realmente ocurre. Podemos pensar en El edificio de correos, por ejemplo, quizás el cuento más logrado del conjunto. Algo pasa que sutilmente nos relatan hacia el final y que nos invita a la sonrisa cómplice, a asentir piadosamente, a entender no desde el shock o el desconcierto, sino desde la sabiduría que la vida nos otorga al vivirla.

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Son varios los textos que hacen balance y presentación de vidas malogradas o vencidas, pero también de las dulzuras que les permitieron continuar. Como en Lugar, por ejemplo:

A veces, no siempre, logra recuperar la visión. A veces, no siempre, a miles de kilómetros de allí, recuerda la escena en una playa de un pueblito a la vera de un río en el sur del planeta. Cierra sus ojos y puede ver, con dificultad y claramente, nítido y difuso, aquel lugar, adonde, una tarde de verano, fue feliz.

Otros textos, como Partido, nos estremecen y nos recuerdan que siempre debemos hacer memoria de lo terrible para no olvidarlo. El relato se mueve, en su brevedad, en el partido de Argentina contra Perú en el Mundial del 78. Quien cuenta, es un verdugo de la dictadura. Lo que cuenta, es también esa cotidianidad, esa banalidad del mal que consumió tanto el siglo pasado, y todavía a este. La felicidad dentro de la infelicidad de los desaparecidos, torturados, asesinados por la dictadura militar. ¿Es entonces relativa la felicidad de los hombres? ¿Entendemos que la felicidad de muchos es la infelicidad infernal de muchos? ¿Podemos ver que en los balances de nuestras vidas, no contamos los dolores que hemos otorgado a los otros? ¿Lo podemos ver? Bien, ahí tenemos a Kierkegaard. Y también lo trágico de cada vida.

Bad moon rising es también una historia de lo terrible, y una crítica de la sociedad norteamericana,  de ese sentido religioso tan estudiado por Bloom y por el autor también en sendos ensayos. Porretti logra en estos dos últimos relatos que menciono helar la sangre, mostrar con sutileza la vuelta de tuerca que resuelve la historia, que nos muestra el espanto final de la infelicidad de unos extendida a los demás.

Sabemos de la huella de Cortázar o Borges en la escritura de Porretti, pero lo que más aprecio es la huella de Saer. Hay una elegancia que logra domar el tono enfático de algunos textos y que, acompañado del estilo particular del autor, vital, despierto, nos presenta una paleta de colores interesantes de observar.

Por último, quisiera resaltar lo que considero más logrado de este libro: la novela breve, El viajante. No es un cuento largo, ni una novela interrumpida. Es una verdadera novela breve, en la tradición de la misma dentro de la modernidad. Creo que es uno de los géneros más despreciados, ignorados y mal leídos que existen. Creo, también, que es un género mayor que puede darnos y nos ha dado, piezas maestras a lo largo de los últimos dos siglos. Porretti escribe una novela breve que lo atrapa a uno desde el principio hasta el final. Y nunca sabremos realmente cuál es ese final mientras la vayamos leyendo. Nos cuesta intuirlo, sin que ello nos invite a dejar la lectura, todo lo contrario. ¿Una historia de amigos, de amor, de denuncia de la dictadura, de Entre Ríos, de la provincia argentina? ¿Una historia de libreros? ¿De los alemanes del Volga en Argentina? Es eso y mucho más. Es una gran pieza, que invito a leer de entrada en el libro. Luego, unos tres días después, vaya a los relatos y léalos dos veces. Después, vuelva a la novela. En este libro uno encuentra más cosas con la relectura.

Y yo creo que a estas alturas de la vida, y de la literatura, eso es algo que como lectores debemos agradecer siempre. Aquello que invite a una segunda vez.

Como lo hace siempre la belleza, tan celebrada en estas páginas.

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